
Cuando se analiza la información, sintética y expresivamente recopilada en el enlace que acompaña a esta entrada, sobrecoge observar el alto nivel de riesgo a que se enfrentan las sociedades en sus relaciones con la naturaleza. A medida que la información gana en precisión, rigor y conocimiento efectivo de los hechos y sus repercusiones, la secuencia cronológica pone en evidencia la letalidad de los fenómenos, su persistencia en el tiempo y la amplitud en el espacio de las áreas susceptibles de verse afectadas. Es un fenómeno planetario, abierto a múltiples modalidades de manifestación, ante las que nadie se encuentra ajeno. Del mismo modo, la magnitud de los impactos producidos por el desastre desborda la capacidad imaginativa sobre el alcance que puede llegar a ofrecer un suceso, cuyos efectos no son fácilmente computables si no es en la perspectiva a largo plazo que permite comprobar y valorar la dimensión real de la tragedia.
Con el límite de 2010, no figura en esa relación lo sucedido en Japón en febrero de 2011, cuyas imágenes no cesan de impactar en las miradas del mundo, atónitas ante las manifestaciones más terribles de la devastación. Cuando se observa lo que ha sucedido, se tiene la sensación de la extrema fragilidad en que se encuentra la vida humana y las numerosas advertencias que apuntan a las responsabilidades que a la propia sociedad concierne en el agravamiento de las consecuencias derivadas de la catástrofe.
http://www.nytimes.com/interactive/2011/03/13/world/asia/satellite-photos-japan-before-and-after-tsunami.html
De ahí la pregunta indispensable: ¿qué lecciones se extraen de los desastres para mitigar, con la suficiente capacidad predictiva y correctora, la gravedad de sus impactos? ¿Sólo cabe la pasividad o la resignación o, por el contrario, no son suficientemente aleccionadoras las advertencias que llevan a pensar que la desolación, el desastre y el cataclismo ambiental hubieran sido menores de haber ordenado el territorio y sus actividades de otra manera?